Biografía

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Se le conoce como el rey de la rumba, pero más justo sería referirse a Peret como el creador de la rumba catalana, o de la rumba pop, como también, con mucho sentido, se la ha denominado. Un género que surgió a finales de los años 50 del siglo pasado fruto de una idea suya bien ingeniosa: unir el mambo y el rock and roll, o lo que es lo mismo a Elvis Presley con Pérez Prado. Del rock, Peret tomó prestado el ritmo, del mambo (por extensión de la música cubana y caribeña), se quedó con la armonía y con esos metales que él intentó trasladar a las cuerdas de su guitarra española, no flamenca. Además, con la guitarra, tocaba la madera a modo de percusión, técnica que, años después, sería conocida como el “ventilador”. Todo ello, Peret lo ofrecía con su impronta gitana, que no flamenca, como suele matizar, pues lo suyo era algo nuevo, distinto, con lo que se distanciaba de la rumba flamenca que se practicaba en algunos barrios de Barcelona. Luego, junto a sus amigos de la calle de la Cera (Chacho Valentí, El Serdo, Toni Valentí, Joanet…) puso en práctica otra idea que le venía rondando por la cabeza: Crear unas palmas completamente distintas a lo conocido, palmas perfectamente medidas y ejecutadas, que funcionaran como un inédito y humano instrumento percusivo, con entidad propia, palmas que pudieran transcribirse a una partituta. Así nació la rumba catalana, en el barrio del Portal de Barcelona.

Peret, Pedro Pubill Calaf, había venido al mundo en Mataró, en Los Corrales, un pequeño asentamiento gitano, el 24 de marzo de 1935 (y no el 26 de marzo, como figura en la mayor parte de perfiles biográficos), donde permaneció hasta los cuatro años, cuando la familia se trasladó a la calle Salvadors, al lado mismo de la calle de la Cera. Antes de que consagrara su vida a la rumba catalana, Peret se dedicó a los más diversos oficios: carpintero, tapicero, chatarrero, vendedor de tejidos… A los 12 años, ya con el gusanillo de la música en el cuerpo y con una guitarra entre manos, debutó en el Teatro Tívoli de Barcelona junto a su prima Pepi bajo el nombre de los Hermanos Montenegro. En los siguientes años seguiría perfeccionando su técnica guitarrística, aprendiendo y estudiando flamenco, tocando en locales de Calella, donde, a finales de los años 50, entonces sí, comenzó a andar la rumba catalana.

A finales de 1962 grabó casi de casualidad, y sin darle la menor importancia, su primer disco; dos canciones (“Ave María Lola” y “Recuerda”) que se incluyeron en un epé de aquellos de cuatro temas: Peret y sus Gitanos aparecían en la primera cara. Con el disco todavía sin publicarse, Peret se marchó unos meses a Montevideo y Buenos Aires a ganarse la vida como vendedor de tejidos para trajes, regresó con dinero fresco y con la sorpresa de que le estaban buscando para registrar un nuevo disco, estaba vez ya para él solo. Así, sin proponérselo, se inició su carrera discográfica, con “La noche del Hawayano” como primer éxito entre la sociedad bien de Barcelona. Vinieron las actuaciones y más discos, con éxitos ya a nivel nacional como “El lunar en el pie”, “Qué suerte”, “Belén, Belén”, “Voy, voy”, “La fiesta no es para feos”, “El muerto vivo”, “Rumba pa ti”, “Don Toribio”, o el despegue absoluto con “Una lágrima”, temas propios o versiones de canciones latinoamericanas que Peret llevaba a su terreno y que convertía en endiablados disparos rítmicos en los que sorprendía su impronta esencialmente pop, pese a que muchas grabaciones se interpretaran con lo mínimo: guitarras, voz, coros y palmas. La rumba catalana, con su pellizco especial, se destapaba como un género que gustaba tanto a jóvenes como a mayores, ideal para bailar, para amenizar fiestas, para olvidar las penas. En 1967, en el Midem de Cannes, Peret revolucionó al público (profesionales de la industria musical, gente del espectáculo, de medios europeos) y aquello le valió la entrada en los mercados internacionales. Peret se transformó en una estrella que, por toda Europa, se codeaba con artistas como Tom Jones, Paul Anka, Françoise Hardy y las más grandes figuras del momento.

El cine llamó a su puerta y vinieron cinco películas con él de protagonista: “Amor a todo gas”, “El mesón del gitano”, “¡Qué cosas tiene el amor!”, “A mí las mujeres, ni fu ni fa” y “Si fulano fuese mengano”. Había crecido como un formidable compositor, con un lenguaje personal, cada vez más imbricado en el pop, y su ingenio no paraba de fabricar canciones que llevaban en volandas su carrera por Europa y América. Y en eso que, en 1971, grabó el “Borriquito”, una canción divertida en la que criticaba la invasión de la cultura anglosajona, y aquello fue el no va más: Un éxito a nivel planetario. Peret estaba en la cresta de la ola pero montado sobre un borrico dorado.

Los años 70 siguieron entre continuas grabaciones y actuaciones en España, Europa y Latinoamérica, con Peret probando e investigando con el soul, el funk, el pop, la fusión étnica… El creador de la rumba catalana, hija de la mezcla, ahora la llevaba al encuentro de otras soluciones sonoras, pero respetando siempre su esencia primera. Instalado como una figura enormemente popular, con público de todas las edades, y con contratos internacionales firmados, sorpresivamente, en 1981 Peret se retiró de la música: Había tenido una revelación y quiso dedicar su vida a hacer el bien a los demás, se hizo adepto de la Iglesia Evangélica de Filadelfia, comenzó a estudiar la Biblia y acabó como pastor… El “rey de la rumba” ahora era el “hermano Pedro”.

A finales de los años 80 Peret ya no creía en la Iglesia, aunque tampoco pensaba en regresar a la música, no tenía muy claro su futuro. En esas que los componentes del dúo Chipén, con su ahijado Pedro “Peret” Reyes al frente, le pidieron que les produjera un disco… Primero dijo que no, y luego, ante la insistencia de los muchachos, dio el “sí, quiero”, de allí saldría “Verdad”, de Chipén, en 1990, una suerte de homenaje al maestro y productor. Peret estaba de regreso.

Al año siguiente produjo álbumes de Ramonet, Los Amaya y Joel, y él mismo regresó con “No se pué aguantar”, rotundo disco con el que también volvía a los escenarios. En 1992, su “Gitana hechicera” fue uno de los himnos de la Barcelona olímpica, y Peret, junto a Los Amaya y Los Manolos, cerró con una inolvidable fiesta rumbera la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos. De nuevo, estaba en lo más alto, pero quiso llevar su carrera con calma, llegaron nuevos trabajos, alguno tan impresionante como “Jesús de Nazareth” (1996), en el que recogía las canciones que había compuesto durante su retiro religioso: ¡Peret cantando alabanzas al señor! En 2000, en el polo opuesto, grabó “Rey de la rumba” un disco sin complejos en el que músicos como David Byrne, Ojos de Brujo, Estopa, Tonino Carotone, Jarabe de Palo, Macaco, Los Enemigos o Amparanoia revisaban a su manera pero junto a él algunas de sus añejas pero siempre vivas gemas.

Semiretirado durante unos años y dedicado principalmente a la pintura, en 2007 lanzó un nuevo álbum, “Que levante el dedo”, en el que presentaba canciones nuevas con las que confirmaba su enorme talla como compositor e intérprete, ahora con su voz macerada por los años, plena de matices y sabiduría. Para su sorpresa, se encontró con que una nueva generación de público muy joven conocía su repertorio histórico, y en 2008, en un festival tan rockero como el Viñarock, fue aclamado por 70.000 chavales ávidos de divertirse con las canciones del que es un tótem imprescindible de la música popular española.

En noviembre de 2009 publicó su último disco hasta el momento, “De los cobardes nunca se ha escrito nada”, en el que, principalmente, adaptaba a su aire temas ajenos que fueron importantes en su juventud. Meses después, en marzo de 2010, los Premios de la Música (organizados por SGAE y AIE) le concedían el Premio a Toda una Vida.

Ahora mismo, Peret prepara un nuevo disco y sigue actuando con regularidad, porque los escenarios son su vida y en ellos está dispuesto a dejársela.

Juan Puchades.